Ser mamá de tiempo completo representa un verdadero reto para muchas mujeres, ya que la maternidad cambia tu visión, tus prioridades y tu perspectiva de vida de una forma abrupta, pero maravillosa. El reto –para la mayoría– está en balancear este nuevo y demandante rol con su vida personal, conyugal o profesional; pero esto, lejos de ser un reto, ha sido una verdadera aventura para mí.

Como sabrán, soy mamá de tres pequeñas princesas y más allá del hermoso caos cotidiano que en ocasiones me embarga, jamás pude haber imaginado las extraordinarias lecciones que acarrearían consigo mis niñas. Sin duda alguna, los hijos son un regalo de Dios. Entre tantas cosas, ser mamá me ha enseñado que el secreto de llevar una vida plena y fructífera –no solo como madres, sino en todos los aspectos de nuestra vida– es mantener nuestras prioridades bien establecidas, siempre en el orden correcto.

Como mujeres, somos aptas para desempeñar diversos roles. Además de desarrollar nuestros talentos y perseguir esos sueños que tanto nos apasionan, tenemos la virtud de ser una compañera ideal para nuestros esposos, la capacidad de ser madres, la habilidad de administrar nuestro hogar y la facultad de desarrollar con sabiduría cada una de las actividades que decidamos asumir. Sí, en ocasiones quizás parezca demasiado o resulte un tanto abrumador, pero es posible hacerlo porque contamos con esa fuerza y destreza.

La clave para lograr el balance está en priorizar los roles que ejerces, a fin de nunca sacrificar a los tuyos en pos de tus propios intereses o anhelos.

Una parte vital de mantener nuestras prioridades bien establecidas es entender el valor que tiene la familia y darle la debida importancia al rol que desempeñamos en ella. Cuando lo hacemos, todo lo demás que decidamos emprender fluirá con naturalidad.

Al convertirnos en madres, la responsabilidad de una vida reposa en nuestros hombros. Es nuestra competencia darle amor, valores y disciplina a nuestros hijos para que sepan ser hombres y mujeres íntegros que puedan instruir de la misma forma a sus propios hijos. Eso no lo aprenderán de la sociedad ni de la vida, sino de ti; tampoco debemos esperar que se lo enseñen en las escuelas, pues, somos nosotras quienes forjamos los principios en ellos y ningún interés personal debe estar por encima de esa prioridad.

Saber que mis hijas no siempre serán pequeñas ni dependerán tanto de mí como ahora, me hace disfrutarlas en todos los sentidos. Soy perfeccionada en el amor a través de ellas. Jamás la abnegación había sido tan placentera y aún hoy, en medio de todas las actividades que implica mi vida fuera de ser mamá –como mi gran pasión, que es hacer música–, mi mayor satisfacción es y será siempre ayudarlas a crecer como las mujeres que están destinadas a ser. De todas las aventuras posibles, ¿acaso hay alguna mayor que esa?

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